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Más allá de la tolerancia: Mi viaje personal como aliada LGBTQIA+

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Mariela Santiago Hernández, MCR

Posee una maestría en Consejería en Rehabilitación de la UPR, Río Piedras y una certificación de diagnóstico de capacidad funcional para empleo y vida interdependiente. Desde el 1997 se desempeña como consejera en la UPRRP. Actualmente es consejera en rehabilitación en la Oficina de Servicios a Estudiantes con Impedimentos, adscrito al Departamento de Consejería para el Desarrollo Estudiantil. Desde el 2006 es facilitadora de un Grupo de Apoyo a Estudiantes LGBTQIA+ en la misma universidad. Ha ofrecido diversidad de talleres sobre el acercamiento profesional a esta población, así como diversos temas relacionados a la sexualidad humana.  

          Compartir mis experiencias como aliada de las comunidades LGBTQIA+ y reflexionar sobre los desafíos que esto conlleva, me lleva inevitablemente a considerar las experiencias de vida que influyeron en mi compromiso. Aunque podría parecer una parte natural de quién soy, en realidad representa una elección consciente en mi vida. Crecí como una mujer afrolatina, con características físicas que hacían que no encajara completamente ni en el estereotipo de 'negra' ni en el de 'blanca'.  Tenía mi cabello ensortijado en un momento en que estaba de moda llevarlo, pero solo para aquellas con pelo lacio que lo rizaban mediante productos químicos. Además, era más alta de lo que se consideraba “normal” para una mujer, tenía un peso que estaba por encima de los estándares de salud convencionales y una acantosis que revelaba mi resistencia a la insulina, visible en áreas difíciles de ocultar. También tenía una marca de nacimiento peculiar en el centro de la nariz. Todo esto hizo que mi niñez, adolescencia y juventud estuvieran llenas de señalamientos, burlas y críticas que, en ese momento, no se consideraban acoso escolar, pero que hoy en día sabemos que lo eran. También reconocemos que el acoso escolar perjudica la salud mental y física y el desempeño académico de las víctimas (Morales & Villalobos, 2017).

          En ese momento, a pesar del dolor, pensaba que el estigma era natural y buscaba las causas en mi persona. Intenté modificar algunos elementos físicos para poder encajar en una mal llamada ‘normalidad’ de la que nunca podría ser parte ya que lo único natural y normal era ser yo misma con todo mi auténtico ser. Tristemente debo reconocer que, de igual forma que fui señalada y juzgada, fui parte del señalamiento y cómplice de chistes hacia personas diferentes a mí en virtud de aspectos religiosos, diversidad sexual, origen étnico o diversidad funcional. Actualmente me avergüenzo de haber participado de burlas o bromas que ahora reconozco como ofensivas y producto de un gran desconocimiento y rechazo a la diversidad.

Poco a poco, pude darme cuenta de que la vida en sociedad implica una interacción continua entre personas, lo que conlleva un conglomerado de individuos con diversas características físicas, cognitivas y emocionales, así como una pluralidad de intereses, ideas y formas de ver la vida, entre otros aspectos. Desafortunadamente, existen grupos de personas que ejercen dominio sobre otros debido a algunas de estas características. A diferencia de los grupos de animales, tal como expone Foucault (2010), las relaciones de dominación entre seres humanos no se establecen necesariamente por la fuerza bruta. Este dominio puede adquirirse a través del poder ejercido mediante la fuerza física, pero también puede manifestarse a través del poder político o económico.

          Durante mis años universitarios en psicología, comencé a liberarme de los estigmas y esto me llevó a abrir mi mente y a desarrollar una mayor curiosidad a través de la interacción con personas diferentes. Esta apertura y curiosidad me llevaron a comprender que la diversidad es una fuente de riqueza, y que lo que yo experimenté debido a un tipo de diversidad, otras personas lo padecen debido a otras diferencias. Estas experiencias moldearon mi perspectiva y sensibilidad hacia las luchas por la igualdad y la aceptación de la diversidad. Fue durante este tiempo que decidí emprender estudios de posgrado en Consejería en Rehabilitación. Esta profesión fortaleció aún más mi sensibilidad y compromiso con la diversidad funcional, haciéndome consciente a nivel profesional del impacto del estrés minoritario causado por el estigma (Frost & Meyer, 2023; Meyer, 2015; Pearlin, 1989; Pearlin et al., 2005), así como de la importancia de abogar por la justicia, la equidad y la inclusión.

A medida que avanzaba en mi formación, también amplié mi conocimiento en el ámbito de la diversidad sexual. Esto me llevó a tomar conciencia de que uno de los principales focos de atención de los poderes dominantes ha sido el control de la sexualidad humana. A lo largo de la historia, la sexualidad ha sido objeto de ataques cuando se aleja de lo que se considera “natural”. Este enfoque histórico en el control de la sexualidad humana ha llevado a la imposición de normas rígidas y, en muchas ocasiones, excluyentes en cuanto a la identidad de género y la orientación sexual (Butler, 1993). Se ha intentado mantener una visión simplista y binaria de la sexualidad, ignorando la amplia gama de experiencias humanas.

Mientras profundizaba en mis estudios, pude ver cómo esta conceptualización de la sexualidad no refleja la complejidad y diversidad de la realidad humana. De esa forma, me di cuenta de la importancia de apoyar a las comunidades LGBTQIA+. Esto se ha convertido en una parte fundamental de mi trabajo como consejera en rehabilitación en el Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, una labor que llevo desempeñando con dedicación hace más de 27 años. Mi compromiso como aliada se ha convertido en una parte fundamental de mi identidad personal y profesional. Si bien esto podría ser considerado como un camino natural, para mí fue una elección consciente. Me inspira la creencia de que todas las personas merecemos respeto y amor, independientemente de nuestra orientación sexual, identidad de género, apariencia física y capacidades funcionales, entre otras. A través de mi experiencia, he aprendido a abogar por la inclusión y a ser un apoyo activo para quienes enfrentan desafíos similares a los que yo experimenté en el pasado. Como parte de ese compromiso, hace alrededor de 18 años inicié mi rol como facilitadora del Grupo de Apoyo a Estudiantes LGB que en ese momento llevaba cerca de 13 años en el Departamento de Consejería para el Desarrollo Estudiantil de la UPR, Recinto de Río Piedras (López & De Jesús, 2009).

          Parte de los desafíos personales que experimenté en ese momento fue enfrentarme directamente a muchas de las dificultades que la comunidad LGBTQIA+ enfrenta. Al abrir mi espacio personal a amistades cercanas que son parte de esta comunidad, y al abrazarla en mi rol profesional, la mayoría de las personas asume que también formo parte de esta hermosa comunidad. Esto me llevó a experimentar en carne propia los señalamientos, las miradas y las preguntas llenas de rechazo y estigma debido a una malinterpretación de mi orientación sexual. Debo confesar que, al principio de mi carrera profesional, esto me afectó a nivel personal. Sin embargo, con el paso del tiempo, esta experiencia me fortaleció y aumentó mi indignación ante la conciencia de los privilegios que conlleva ser heterosexual y cisgénero. Resulta irónico el hecho de que no elegimos nuestra orientación ni identidad sexual, sin embargo, el ser parte de lo que socialmente ha sido normalizado como “correcto” y “deseable” -ser heterosexual y cisgénero- lleva a algunas personas a creer erróneamente que, por serlo, son superiores y que tienen el poder de discriminar a quienes son diferentes.

Como reto profesional, me percaté de mi desconocimiento en temas relacionados con la identidad de género. Me vi en una posición profesional en la que debía referir a personas que buscaban mi ayuda en cuestiones relacionadas con este tema. En ocasiones, esto ocurría después de haber establecido un vínculo terapéutico sólido, y sabía que no era fácil para muchas personas abrirse nuevamente a otre profesional. Reconociendo mi papel profesional de promover el bienestar de quienes reciben mis servicios -lo que se conoce como beneficencia- y de promover la justicia al proporcionar servicios justos y adecuados, me propuse educarme en temas relacionados con la identidad de género. Esto tenía como objetivo ampliar la gama de servicios que podía ofrecer con respeto y reconocimiento de mis límites profesionales. Quería asegurarme de que, al remitir a una persona a otros servicios, no fuera debido a una falta de competencia en mi función como consejera en rehabilitación, sino porque creía que podría beneficiarse de servicios adicionales proporcionados por profesionales de diferentes disciplinas.

          Esto me llevó a promover que el Grupo de Apoyo que facilito pasara de ser exclusivamente dirigido hacia la orientación sexual a uno mucho más inclusivo, donde estudiantes del Recinto de Río Piedras de la UPR, pertenecientes a diversas colectivas que representan la comunidad LGBTQIA+, pudieran participar. En este grupo, se fomenta la concienciación hacia diversos sectores de esta comunidad y se promueve el reconocimiento de los privilegios que se pueden tener incluso siendo parte de la misma comunidad. Además, se fomenta la sensibilidad, la empatía y el apoyo mutuo entre sus participantes. Este espacio brinda resguardo y libertad para que las personas puedan ser auténticas y promover estrategias de fortalecimiento ante los posibles ataques debido a su identidad.

          En la actualidad, estoy comprometida con promover la aceptación y la igualdad para todas las identidades de género y orientaciones sexuales y me considero como una orgullosa aliada de la comunidad LGBTQIA+. Reconozco que el respeto a la diversidad sexual y de género es esencial para construir una sociedad inclusiva y justa. Mi viaje personal hacia esta comprensión me ha inspirado a ser una voz activa en la lucha por sus derechos y por la superación de los prejuicios que enfrentan. Esto no se limita a mis interacciones personales en mi vida cotidiana, sino que también se refleja en mi compromiso de fomentar el conocimiento y el empoderamiento en mis estudiantes, tanto a través de la consejería personal como en sesiones grupales y talleres. Además, comparto mis conocimientos en talleres a profesionales, tanto de mi disciplina como de profesiones afines ya que lo considero parte de nuestras responsabilidades profesionales (Santiago-Hernández & Toro-Alfonso, 2016).

          A medida que continúo aprendiendo y creciendo, me esfuerzo por ser una aliada aún más informada y comprometida. Creo firmemente que, al celebrar y respetar nuestras diferencias, podemos construir un mundo donde cada individuo se sienta valorado y aceptado por quien es. En mi rol como consejera en rehabilitación, he tenido la oportunidad de presenciar de cerca el impacto que la discriminación y el estigma pueden tener en la salud mental y el bienestar de las personas LGBTQIA+. He visto cómo las experiencias de rechazo y exclusión pueden dejar cicatrices profundas en personas que, en muchos casos, solo buscan vivir sus vidas auténticamente. Estas experiencias me han motivado aún más a ser una defensora apasionada de la equidad y a proporcionar un espacio seguro, empático y justo para mis estudiantes, independientemente de su orientación sexual, identidad de género o cualquier otra característica que les haga seres únicos. Ser consciente de la modificación de mis actitudes en torno a la diversidad me hace creer firmemente que el cambio es posible. Ante esto, mi objetivo es seguir aprendiendo, creciendo y brindando apoyo a quienes más lo necesitan, así como a profesionales para aumentar la inclusión de manera que podamos construir un mundo cada vez más justo y respetuoso de la diversidad.

 

Referencias:

Butler, J. (1993). Cuerpos que importan, sobre los límites materiales y discursivos del sexo. Paidós.

 

Foucault, M. (2010). Vigilar y Castigar: Nacimiento de la Prisión.  Siglo Veintiuno Ed.

 

Frost, D., & Meyer, I. H. (2023). Minority stress theory: Application, critique, and continued relevance. Current Opinion in Psychology, 51. https://doi.org/10.1016/j.copsyc.2023.101579.

 

López, M., & De Jesús, E. (2009). Modelo de grupo de apoyo para estudiantes gays, lesbianas y bisexuales. Publicaciones Puertorriqueñas.

 

Meyer, I. H. (2015). Resilience in the study of minority stress and health of sexual and gender minorities. Psychology of Sexual Orientation and Gender Diversity, 2(3), 209–213. https://www.apa.org/pubs/journals/features/sgd-sgd0000132.pdf

 

Morales, M., & Villalobos, C. (2017). El impacto del bullying en el desarrollo integral y aprendizaje de los niños y niñas en edad preescolar y escolar. Revista Electrónica Educare, 21(3), 25–44. https://www.redalyc.org/journal/1941/194154512001/html/

 

Pearlin, L. I. (1989). The sociological study of stress. Journal of Health and Social Behavior, 30(3), 241–56. https://doi.org/10.2307/2136956

 

Pearlin, L. I., Schieman, S., Fazio, E., & Meersman, S. (2005). Stress, health, and the life course: Some conceptual perspectives. Journal of Health and Social Behavior. 46(2), 205–219. https://www.jstor.org/stable/4150398

 

Santiago-Hernández, M., & Toro-Alfonso, J. (2016). Una cura fraudulenta: Una mirada crítica a las terapias reparativas de la orientación sexual. En Vázquez-Rivera, M., Martínez Taboas, A., Francia-Martínez, M., & Toro-Alfonso, J. (Eds.). LGBT 101: Una mirada introductoria al colectivo (pp. 366–383). Publicaciones Puertorriqueñas.

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