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Alfonso Martínez-Taboas, Ph.D. 

Universidad Interamericana

Recinto Metro

¿Abriendo Camino para la Tercera Ola en el Entendimiento de Poblaciones de Minorías Sexuales?

            Ya es común saber que existen delimitaciones conceptuales/teóricas/empíricas en cómo nos acercamos a ciertos temas en particular. Estas delimitaciones vienen a caracterizar formas particulares de entender y de acercarse a una población o temática en particular. Un caso claro lo tenemos con las terapias cognitivo-conductual. Muchos eruditos e historiadores han podido realizar tres demarcaciones. En la primera ola, la cual comienza en los 1950s, la terapia conductual (behavior therapy) se introduce de manera vigorosa en el campo de las psicoterapias, dándole énfasis a la cuantificación del cambio, a teorías y técnicas que provenían de teorías de aprendizaje y a la conducta observable. Aunque esta primera ola trajo resultados interesantes y efectivos, muchos entendían que se quedaba corto. 

            Por lo tanto, ya tardío en la década de los 1970s comienza lo que los historiadores han tildado de la segunda ola: las terapias cognitivas-conductuales. Estas surgen con toda refulgencia dándole énfasis a la manera en que los individuos, parejas o familias procesan la información a nivel cognitivo y a las representaciones y narrativas mentales que la gente hace de diversos acontecimientos en su vida. Las TCC, en cuestión de unas pocas décadas, no sólo se convirtieron en el tratamiento de primera línea para muchas personas con angustias emocionales, sino que se han ramificado exitosamente en el tratamiento de diversos problemas y trastornos (David et al., 2018).  

            Sin embargo, en los 1980s y más claramente en los 1990s, surge lo que se conoce hoy como la tercera ola de las TCC. La misma refleja el énfasis en aceptación psicológica y principios de mentalización. En vez de intentar cambiar los pensamientos angustiantes o disfuncionales, el enfoque de la tercera generación se enfoca en cultivar una actitud de aceptación no valorativa del rango total de la experiencia humana. De aquí han provenido las terapias de aceptación y compromiso, las terapias de mentalización, las dialécticas conductuales, las meta-cognitivas y otras.

            Esto no es de sorprendernos pues la actividad científica se caracteriza por la constante reevaluación de sus principios y bases teóricas. En este breve artículo voy a exponer y delimitar lo que ya se está proponiendo en el campo del estudio LGBTT+ como las tres olas. 

            La primera ola comprende desde principios del siglo XX hasta aproximadamente los 1970s. Durante estas décadas, lxs psicólogxs conceptuaban a la población LGBT como personas con patologías mentales (Lewes, 2009). Por lo tanto, el énfasis estuvo en dos actividades. Primero, entender de dónde procedían dichas patologías. Segundo, qué terapias serían efectivas para corregir las deficiencias de dicha supuesta enfermedad. Esta primera ola produjo una cantidad sustancial de literatura, mayormente de corte clínico. Así, muchos psicoanalistas emitieron esfuerzos enormes para entender la etiología de la homosexualidad, atribuyéndola a relaciones distorsionadas de los padres y madres con sus hijos y a complejos edipales no resueltos (Bieber, 1962).  En estos esfuerzos se pensaba que la homosexualidad era una desviación patológica de lo que todo ser humano debe ser: heterosexual. Por su parte, en los 1970s, varios conductistas se especializaron en ofrecer teorías basadas en principios de aprendizaje, llegando a concluir que la homosexualidad era una conducta aprendida (McGuire et al., 1965). Por lo tanto, lo que había que hacer era desaprender la conducta. Estos esfuerzos, los cuales fueron fútiles, se basaron mayormente en terapias aversivas eléctricas, como muy bien lo ejemplificó el famoso libro de Feldman y McCullough (1971). 

            La segunda ola en el estudio de LGBTT+ comienza aproximadamente a mediados de los 1970s, cuando importantes psicólogxs y psiquiatras cuestionan la alegada patología de los homosexuales y se plantea la alternativa de ofrecer terapias de sostén y apoyo ante una sociedad inhóspita. De aquí parten y se elaboran paulatinamente enfoques que se conocen como de afirmación o terapias afirmativas. En este contexto, estas terapias usan parámetros para llevar a la persona LGBTT+ a que participe de las normas establecidas de lo que es normal en dicha sociedad y en ese momento histórico. Por ejemplo, se realizan estudios para demostrar que las parejas del mismo sexo están igual de felices que las heterosexuales o que lxs niñxs criadxs en familias de la comunidad LGBTT+ funcionan igual que las heterosexuales. Fijémonos que el parámetro de normalidad ya está establecido de antemano por las normas que le hacen sentido a la comunidad heterosexual. Por lo tanto, en la segunda onda, la meta es acercar a la comunidad LGBTT+ para que se parezca en su funcionamiento y valores a lo que corresponde a la comunidad mayoritaria de heterosexuales. No quiero dejar entrever que la segunda ola no ha traído avances significativos, tales como la despatologización de la comunidad, terapias efectivas para lidiar con el estrés de minorías, y autoaceptación de su identidad. Adicional, se ha trabajado bastante para intentar conseguir los mismos derechos que tienen lxs heterosexuales (casamientos, trabajos). 

            Varios autores, tales como Martell y Williams (2019), están visualizando que estamos en los inicios de una tercera ola. ¿En qué consiste ésta? La premisa inicial es el cuestionamiento de unas bases ya dadas de antemano por una visión heteronormativa. La tercera ola tiene su fundamento en la noción de “posicionamiento”. Esto se refiere a que toda investigación y modelo terapéutico ocurre dentro de un contexto histórico/social/cultural específico. Por ejemplo, las metas terapéuticas no son universalmente establecidas. Estas parten de unas conductas aprobadas o deseadas por la sociedad, situadas en un momento particular histórico.

            En la tercera ola se hace énfasis en desvelar y resaltar que las poblaciones LGBTT+ pueden diferir respecto de las normas heterosexistas. Por lo tanto, se empiezan a apreciar identidades no-heteronormativas. Mientras que en la segunda ola la meta era acercar a la población LGBTT+ en términos de igualar su funcionamiento y valores a las identidades dominantes, en la tercera onda se aprecian los retos únicos que enfrentan las minorías sexuales.

            Tomemos un ejemplo: En las terapias de pareja de la segunda ola, una meta apreciable era que la pareja se comprometiera a llevar una vida de compromiso monógama y de fidelidad a largo plazo. Esta meta, sin embargo, proviene de los valores y expectativas de una visión de parejas heterosexuales. En la tercera ola, no se pretende que la comunidad LGBTT+ se acomode a lo que es normal y deseable para el mundo dominante heterosexual. Lxs investigadores y lxs clínicxs deben sumergirse en las experiencias de vida de la comunidad y ver cómo éstas han influido su visión de mundo. Por ejemplo, habría que considerar si dentro de la comunidad de hombres gay la monogamia no es una opción deseada. Es posible que esta comunidad siga otras normas, en parte por la exclusión y rebeldía con las instituciones represivas heteronormativas, como serían las iglesias, los partidos políticos, y la salud pública. Al no estar inmersxs y ser excluidxs de esas normas, la comunidad LGBTT+ puede haber establecido tácitamente otras normas que pueden contrastar con lo que sería deseable para lxs heterosexuales. Por ejemplo, ¿qué pasaría si una pareja de hombres gays expresa en terapia que desean una relación abierta no-monógama? ¿o una pareja de lesbianas jóvenes se comprometen con no tener hijos? ¿u otra pareja desea entrar en una relación, pero sin pretender establecer una relación a largo plazo? Estos ejemplos ponen de manera manifiesta que muchas intervenciones actuales para la población LGBTT+ parten de premisas heteronormativas, las cuales dudosamente se encuentran en sintonía con el mundo y las experiencias de la comunidad LGBTT+. Por lo tanto, es posible que la comunidad LGBTT+ haya desarrollado experiencias de vida que les haya permitido construir sus propias normas que le hagan sentido a su vida. Estas normas no tienen que ser paralelas a las dominantes de la sociedad. O sea, la meta es movernos de la opresión a la afirmación, pero según los propios estándares de la comunidad LGBTT+.

            Resulta entonces que, para tener una práctica basada en la tercera ola con parejas del mismo sexo, unx tiene que tener dos características: tener conocimiento vasto de relaciones del mismo sexo y usar intervenciones libres de prejuicios heterosexistas. Por lo tanto, las metas y tareas entre una pareja heterosexual y una del mismo sexo pueden ser disímiles.

            Otra diferencia de la tercera ola radica en el hecho de que, en la primera y segunda ola, el debate era primordialmente dirigido a estudiar binarios: el hombre gay con el hombre; y la mujer lesbiana con su pareja lesbiana. Pero en la tercera ola han surgido otras identidades, lo que complejiza nuestro conocimiento de identidades y orientaciones. Ahora se habla de personas no binarias, de personas trans, y de personas que están en proceso de experimentar y cuestionar. Estas identidades rara vez eran atendidas o examinadas en la primera y segunda ola. Ahora, en la tercera ola, el mundo de las minorías de género se ha complejizado, se ha tornado más pluralista, y ha obligado a crear nuevas categorías de seres humanos. 

            Por último, el trabajo dentro de la tercera ola implica un compromiso para trabajar a un nivel macro. Un trabajo clínico afirmativo, en donde al salir de la oficina el individuo se expone a organizaciones, oficinas, servicios y leyes que promueven la marginación, difícilmente puede ser de gran impacto. El llamado al macro-nivel está basado en cuestionar e intervenir para que las normas y prácticas sociales sean inclusivas de personas que no sólo tienen una orientación o identidad diferente, sino que también han desarrollado normas y creencias diferentes de cómo desean vivir. Por lo tanto, lxs investigadorxs y lxs clínicxs que trabajan en la tercera ola se posicionan entendiendo su propio contexto histórico/social y cómo esto influye en cada paso, cada recomendación, cada consejo que se le ofrece a la comunidad LGBTT+. Estxs clínicxs desarrollan plena conciencia de que esta población puede representar variaciones de estilos de vida y creencias culturales diferentes de las heteronormativas. 

            La tercera ola constituye, pues, un reto para lxs clínicxs y a lxs investigadorxs. Incluye una reflexión y amplitud de su posicionamiento ante una diversidad de normas y valores que pueden contrastar con su bagaje de vida y hasta con su adiestramiento clínico tradicional. 

Referencias

 

Bieber, A. (1962). Homosexuality: A psychoanalytic study of male homosexuals. Basic Books.

David, D., Cristea, I., & Hofmann, S. G. (2018). Why cognitive behavioral therapy is the current gold standard of psychotherapy. Frontiers in Psychiatry, 9, 4-6.

Feldman, M. P., & MacCullouch (1971). Homosexual behavior: Therapy and assessment.            Pergamon.

Lewes, K. (2009). Psychoanalysis and male homosexuality. Jason Aronson.

Martell, C. R., & Williams, M. E. (2019). The social context of clinical practice with sexual         minority clients. Cognitive and Behavioral Practice, 26, 300-306. 

McGuire, W. J., Carlise, J. M., & Young, B. G. (1965). Sexual deviations as conditioned behavior. Behaviour Research and Therapy, 3, 185-190.